Se aferran dentro, muy adentro, un lugar oscuro y a punto de derrumbarse; afuera, los disparos y los gritos ciegan las luces de las estrellas. Ambas creaturas vírgenes en el pensamiento y alma se aferran una a la otra sin observar más que sus latidos frenéticos y los susurros de sus huesos trombantes.
Ambas, debajo de una mesa roja, de olor a azufre y mañana perdida se abrazan al desvelo de la masacre, afuera, adentro nada vive, nada queda, solo aquella mesa carmesí, chorreante a un hedor mortal e inmortal.
Todo se cae, y luego se levanta, gritan, dicen que gritan.
Corren, dicen que corren.
Todo es oscuro pero creíble.
Todo es una ilusión, un intento de paz, una aberración
“Abrázame, no me sueltes, tiembla conmigo, llora pero en silencio que mañana, veras, que mañana no estaremos, no seremos más de nadie pues ya nadie queda”.
“No me iré, te lo juro, el miedo no es lo suficiente para hacerme caer más en él”.
“Mis ojos, velos porfavor, velos, distínguelos, asustados te dicen –no te desampares-”velos, yo veo los tuyos y tú los míos, veo tu boca, seca y rasposa, incolora trata de simular un palpito pero se apaga el escuchar los truenos de afuera.
Yo te sigo viendo con los brazos empapados de ti, te veo y no me canso, se me olvida el adentro y el afuera. Tú, que al verme rosas una melancolía, una sonrisa al parecer no muy clara ni mucho menos.
Despierta!, digo, despierta, acércate y despierta. Cántale tu canción, tu harmonía, tu mundo. Ella, la creatura, el pez marcado con oídos fúnebres, pequeños y fuertes.
Polvo y rascaduras le hablan al adentro, colores como el naranja, rojo, blanco y negro se ven al pasar, nos ven y se alarman, nos rodean como tigres nocturnos, sedientos. Pero yo no vacilo, no, hablo con ellos y los encaro desde mis espaldas, siento su fervor, su lujuria por mi carne y la de mi creatura, mía y de mis brazos.
Abrázame y no los veas, le suplico, no les des más que desear, ellas no te desean más que yo. Sus ojos confunden y atropellan pero pronto suplican, su flor se endurece y reseca como una roca pero mi frente que golpea y bendice la suya le susurra un aliento de paz.
Aquel ladrón escondido a oscuras, aquella creatura que con miedo y arrepentimiento asoma si cabeza y roba a la rosa de piedra una semilla para comer. La semilla tan dulce y salada por lo que ve se convierte en otra roza más liviana, se perla y luego desaparece.
El adentro se funde con el afuera, renace y encarna en frías manos, fúnebres, espectros cruzan y chillan sin cesar.
Solas, rosas olvidadas, murciélagos fétidos emanando polvos de colores, posan al sonido del campanal y la ventisca del flautín del sátiro.
La ilusión termina al nacer la semilla, muy tarde ya para crecer, justo como el tiempo al perderse en la infinidad.
El sol, frio ya y esa creatura aun muy cálida, me ve, me ve cayendo con ojos ennegrecidos, profundos e inalcanzables, me observan rindiéndome al sublime sonido del silbato que avisa la flor asesina para raptarme de espaldas.
Aquel sonido me embriaga, que adormece, que empaña y la lujuria del placer me aúlla y me seduce como aquel viento frio; te vas, mi ave de paz, te vas a donde no te puedo ver, escapas de mi como asustada mientras yo sigo aquí cultivando mi rosa. Pero esta no florece, se ha puesto negra ya, arrepentida, como aquella que una vez fue la tuya, en ese delirio que fue, aquel que tanto implore por tener de nuevo.
El afuera tuvo la culpa, al afuera, aquel asesino sin rostro fracturo mi deseo, mi capricho, de cultivar rosas, miles de ellas, en cada parte de tu cuerpo, hacerte mi jardín de azufre y canela, el único al que nunca llegaran. Los de adentro y los de afuera.
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